El dividendo de la longevidad ya es agenda: así se está moviendo Colombia

Vivir más años es uno de los mayores logros económicos y sociales de la humanidad. Pero esa ganancia de tiempo solo se convierte en crecimiento cuando una sociedad logra transformar longevidad en productividad, innovación y nuevos modelos de negocio.​

El economista Andrew J. Scott define el dividendo de la longevidad como las ganancias que pueden obtenerse cuando los aumentos en la esperanza de vida se acompañan de mejoras en salud, cambios en comportamientos y normas sociales, y trayectorias vitales más largas y productivas. No se trata solo de vivir más, sino de vivir mejor y de trabajar y consumir de forma distinta a lo largo de toda la vida.

De la alerta demográfica a la oportunidad económica

En los últimos años, el debate internacional sobre envejecimiento se ha movido del miedo al “tsunami gris” hacia una lectura más estratégica: cómo rediseñar sistemas para capturar nuevas fuentes de valor en sociedades que viven más tiempo. Autores como S. Jay Olshansky han planteado el “longevity dividend” como una agenda de inversión en salud que retrasa la aparición de enfermedades relacionadas con la edad, reduce costos futuros y mantiene a más personas activas y productivas por más tiempo. Desde la biogerontología y la política de salud, la premisa es clara: invertir en longevidad saludable no es un gasto, es una estrategia de crecimiento.

Andrew J. Scott, desde la economía, propone ir un paso más allá y hablar de una verdadera “sociedad de longevidad”, en la que instituciones, mercados laborales, sistemas financieros y empresas se reconfiguran deliberadamente para adaptar sus reglas a vidas más largas. La longevidad deja de ser una “variable exógena” y se convierte en una palanca explícita de competitividad.

A su vez, Linda Fried, decana de la Mailman School of Public Health, ha desarrollado la idea de un “tercer dividendo demográfico”: un escenario en el que las sociedades que invierten en longevidad saludable y en el capital social de las personas mayores obtienen retornos tangibles en cohesión social, productividad y resiliencia económica. Los años ganados, bien gestionados, se parecen cada vez más a una infraestructura social y económica.​​

La pregunta para países como Colombia ya no es si estamos envejeciendo. Es si estamos construyendo las capacidades necesarias para capturar ese dividendo.

Lo que vimos en 12 meses de trabajo con el sector productivo

Durante el último año hemos trabajado con distintos sectores empresariales en Colombia para traducir conceptos que suelen sonar etéreos (edadismo, envejecimiento poblacional, transformación demográfica) en herramientas concretas de competitividad y toma de decisiones estratégicas.

En las cajas de compensación vimos algo claro: si integran la longevidad como eje estratégico pueden convertirse en verdaderos dinamizadores de la productividad regional. Las analizamos no solo como prestadoras de servicios para personas mayores, sino como articuladoras de ecosistemas de empleo, formación continua y bienestar para trayectorias laborales más largas.​

En el sector cooperativo partimos de un activo que ya existe: las cooperativas llevan años atendiendo a personas mayores de 60 años como clientes en territorio. Lo que encontramos es que la atención diferencial y el acompañamiento financiero aún pueden sofisticarse para apoyar la productividad de estos socios, mediante crédito para reconversiones laborales tardías, apoyo a emprendimientos senior y portafolios que reconozcan ingresos y riesgos cambiantes a lo largo del curso de vida.​

En el sector bancario identificamos muchas preguntas y, algo aún más valioso, disposición real a cambiar. Vimos conciencia de que el segmento de personas mayores no es un “nicho residual”, sino un grupo en expansión que concentra activos, capacidad de consumo y decisiones patrimoniales clave para las familias. Allí, la conversación ya no está en si atender o no a este segmento, sino en cómo hacerlo mejor: diseño de productos, experiencias, canales y modelos de riesgo consistentes con vidas más largas.

En el sector asegurador encontramos un reto estructural: las tablas de vida vigentes y muchos de los supuestos técnicos ya no reflejan la nueva realidad demográfica del país, en la que la esperanza de vida aumenta y las trayectorias laborales se vuelven más largas y diversas. Actualizar esos parámetros no es solo un ajuste técnico: es la base para productos más ajustados al riesgo real, incentivos a la prevención y modelos que acompañen la permanencia en el mercado laboral.

En el sector farmacéutico vimos avances en la construcción de evidencia, integrando datos que hoy siguen fragmentados en un país que cambió etariamente más rápido de lo que muchas decisiones estratégicas alcanzaron a prever. La manera en que este sector lea y use esos datos definirá no solo su portafolio, sino también su papel en la generación de longevidad saludable.

Y en el sector automotriz observamos una tensión crítica: el recambio generacional es cada vez más escaso en una industria que emplea a un alto número de personas mayores. Ignorar esa realidad puede traducirse en cuellos de botella de talento; abordarla estratégicamente implica diseñar puestos, capacidades y transiciones que aprovechen la experiencia, reduzcan riesgos y mantengan la productividad, en lugar de expulsar anticipadamente a una parte esencial de su capital humano.​

Más preguntas han traído más reflexión, y la reflexión ha abierto la puerta a la acción. Para nosotros, ese ha sido el verdadero indicador de avance: ver cómo la longevidad pasa de ser un tema de “sensibilización” a convertirse en una variable explícita en conversaciones de negocio, riesgo y estrategia.

De la demografía a la cuenta de resultados

La evidencia macroeconómica que analiza el envejecimiento poblacional coincide en un punto: el impacto económico de esta transformación depende menos del número absoluto de personas mayores y más de cómo se organizan el trabajo, la salud y la protección social alrededor de vidas más largas. El economista David E. Bloom, junto con David Canning y Günther Fink, ha mostrado que el impacto del envejecimiento sobre el crecimiento depende en gran medida de cómo responden las economías en términos de productividad, participación laboral y organización de los sistemas de protección social. Sus trabajos advierten que el envejecimiento puede convertirse en un “impuesto demográfico” si no se actúa, pero también subrayan que políticas activas —incluyendo la extensión de la vida laboral saludable y la inversión en capital humano a lo largo del curso de vida— pueden amortiguar e incluso revertir buena parte del efecto negativo previsto sobre el PIB per cápita.

Una parte importante del potencial “arrastre demográfico” negativo puede amortiguarse —e incluso revertirse— si se expande la actividad económica en edades avanzadas y se invierte en mantener la capacidad funcional de las personas. Como resume el FMI, poblaciones más envejecidas no tienen por qué traducirse en bajo crecimiento si mejoran los resultados laborales de las personas de 50 años o más y se invierte en envejecimiento saludable.

En otras palabras, el dividendo de la longevidad no se da por sí solo: se construye. Se construye cuando las empresas revisan sus modelos de talento y dejan de asumir que toda carrera termina cerca de los 60 años, cuando los sistemas financieros entienden que la planificación de la vida ya no cabe en la lógica simplificada de “40 años de trabajo y 20 de retiro”, y cuando los sistemas de salud desplazan el foco desde tratar enfermedades en la última etapa hacia invertir de forma anticipada en salud, prevención y funcionalidad a lo largo de todo el curso de vida.

Es en este punto donde las ideas de Scott, Olshansky, Fried y Bloom se cruzan con la realidad corporativa: la longevidad deja de ser un capítulo de la política social y se convierte en un tema de productividad, innovación y gestión de riesgos. Esa transición, que hoy vemos en múltiples sectores en Colombia, es quizás el cambio más importante.

Una agenda que apenas comienza

El año que pasó nos sirvió para repensar no solo qué significa hablar del dividendo de la longevidad en un país como Colombia, sino cómo llevar esa conversación a la mesa donde se toman decisiones: juntas directivas, comités de riesgo, áreas de talento, diseño de productos y planeación estratégica.​

Colombia está en un punto de inflexión. Las decisiones que hoy tomen empresas, reguladores y actores sociales determinarán si el envejecimiento de la población se vive como carga o como plataforma de crecimiento. La ventana para capturar el dividendo de la longevidad no es infinita, y lo que se haga (se deje de hacer) en esta década será decisivo.

Desde Fundación 101ideas seguiremos trabajando con sectores productivos para diseñar herramientas, modelos y políticas que ayuden a convertir años ganados en productividad, innovación y bienestar compartido. Porque, como soñamos hace una década, el orgullo de la edad puede (y debe) ser el orgullo de todos, estemos en la edad que estemos.​

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